
Acomodado. De la UCR se pasó al PJ. De Duhalde se pasó a Kirchner. Más adelante, se verá. Alperovich compartió votos de “lealtad” y palco con Cristina hace 10 días en su provincia.
TUCUMAN, DONDE EL ESTILO K SE EJERCE EN ESTADO PURO
Alperovich y el sueño subtropical de los Kirchner
De oscuro legislador radical, se pasó al peronismo, fue ministro de Economía y, ya gobernador, pasó de la imagen de los chicos desnutridos a la obsesión por la obra pública. Fue reelecto con el 80% de los votos, todavía le queda una re-re y su mujer ya es diputada y vice del PJ. Como el original, divide a la prensa en amiga o crítica, a la que hostiga.
Por Hugo Asch
“Aún ahora, que ha pasado tanto tiempo desde que me fui, pienso
que fue en Tucumán donde pude ver, de una vez y para siempre, todo lo que después encontré en la vida.”
Tomás Eloy Martínez
Estallan los aplausos desde el salón de al lado y una voz suena agradecida o emocionada, algo distorsionada por los parlantes. Hay luces y un mar de gente: cuellos que se estiran para ver más allá, cabezas que se inclinan. Ya llega, es él, ahí viene, dicen; y el hombre, entonces, sonríe y navega como un barco orgulloso entre todos ellos. Viene de un acto en Famaillá y repite lo mismo que escucha a su paso, un millón de veces: gracias, gracias; y uno entonces imagina que eso mismo debe ser el poder. Siempre hay alguien que presenta a alguien, o susurra, o indica algún detalle. Entonces él sonríe y ofrenda su mano como concediendo algo importante. Su paso es firme. Ahora su espalda generosa cubre el Escudo Provincial grabado en el respaldo del sillón cuando por fin se sienta, detrás del escritorio. Ese sillón es un símbolo histórico: lo llaman El Sillón de Lucas Córdoba, y quien se siente allí, ojo, es el que manda en Tucumán.
No sé los otros, pero José Alperovich manda, de verdad; conoce el oficio. Su voz es áspera, rugosa, potente. Su cara es el paisaje que cubre todos los espacios en esa provincia pequeña y desmesurada. Su espalda sólo se despega del Escudo y se inclina cuando una tormenta parece desatarse muy adentro de su corpachón; los ojos se le encienden, furiosos, y uno se intuye en problemas serios si su instinto le ganara esa batalla a la pompa.
Había pasado bastante bien la molestia de tener que hablar sobre el conflicto legal por el manejo y control del Canal 10, el viejo canal que el Estado nacional le adjudicó a la Universidad del Tucumán en 1966, hoy convertido en principal órgano de propaganda oficial, manejado y controlado por su equipo de prensa y difusión desde la misma Casa de Gobierno. José no está acostumbrado a hablar de cosas que lo incomodan, y menos con periodistas. Lo saben todos, por eso, una vez iniciada la charla, una pequeña barra de funcionarios se fue agolpando a mis espaldas.
Todo bien, hasta que un nombre lo saca, le revuelve las tripas. Se trata de Alberto Llaryora, el empresario cuya firma, New Line, compró la emisora en 1999, cuando ni la Universidad ni el Estado podían pagar los sueldos ni las deudas. Una intervención judicial ordenada por la jueza Nilda Dalla Fontana el 24 de noviembre de 2005 lo desalojó del canal, y desde ese día los dos hombres son enemigos irreconciliables. En la primera semana de este mes, un fallo de la Cámara de Apelaciones ordenó devolver la emisora a sus anteriores dueños. Está claro que se viene otra guerra, de esas que suelen agitar las siestas tucumanas.
Hay tensión, pero el gobernador no demuestra preocupación. Es simpático, entrador; sabe cómo seducir, convence. Su diploma dice que es contador; pero él es, fundamentalmente, un buen vendedor de autos. La concesionaria lleva el nombre de su padre, León Alperovich, y tiene su lema pegado en la luneta de cada unidad: “Me lo vendió un amigo”. Después de las primeras sonrisas amables, va directo al hueso, bien a la tucumana. Se ve que no es hombre de olvidar fácil.
—Encantado de recibirte, pero me extraña que vengas a defender a un apretador.
—Soy un periodista, gobernador, no defiendo a nadie.
—Sí, porque vos trabajaste acá y sabés. Además, vos también apretaste.
—¿Apretar? ¿Habla de mí?
—Sí, papá, vos apretaste.
—Usted debe referirse al tiempo que fui director periodístico del Grupo de Llaryora. ¿Lo que quiere decirme es que se sintió ofendido por alguna crítica? Ojalá me hubiese recibido en aquel tiempo, para decírmelo, gobernador. Nada personal. Un periodista opina, ése es su trabajo, y en esa empresa lo hice con libertad, nada más. En todo caso, podrá no estar de acuerdo.
—Pero no es eso… ¡Si yo respeto a los periodistas y a la libertad de prensa! Pero Llaryora me quiso apretar y eso conmigo no va. Se equivocó.
—¿Podría ser más explícito?
—Me dijo que si no hacía tal cosa, me iba a pasar… tal otra. Es un peligro para la democracia. Ese tipo no merece manejar un canal.
—¿Y por eso se lo quitó?
—Yo no le quité nada a nadie. Hay un tema legal, el dictamen del Comfer 007489, que no autoriza la venta a un privado. Es simple y legal, yo no tengo nada que ver. No mezclo, sólo digo quién es el personaje. Soy un defensor de la libertad. Nunca fui un apretador.
—Hay… estilos y estilos. Mire, a ver si se lo grafico con un ejemplo. Hace un par de años una empresa de construcción compró publicidad por seis meses en “El Periódico”, de Llaryora, que yo dirigía. Al día siguiente vino desesperado, ofreciendo pagar el doble para que los avisos no salieran nunca. “Por favor –dijo– me dijeron que si salgo en su diario ‘el Ruso’ me tritura, que me despida de conseguir nada en la obra pública.” Se anuló todo. El hombre respiró aliviado. ¿Eso no es lo que usted llama “un apriete”?
—No, eso es mentira. Te lo juro por mi hijo que jamás haría una cosa así. Nunca estuve en ésa. Por favor…
Re-re. Alperovich tuvo suerte. Antes que la debacle misionera de Rovira frente al obispo Piña convirtiera en pecado mortal cualquier intento de reelección, logró modificar su Constitución y concretó el sueño fallido de Menem: que la nueva norma considere su segundo mandato (que ganó por el 80% de los votos el año pasado) como el primero. La re-re. La reforma, que muchos juristas vieron como abusiva, hecha a su medida y con enmiendas que le otorgaban, casi, la suma del poder público, levantó una ola de indignación tan profunda como fugaz. El sigue adelante, nada lo detiene. Sabe cómo construye el poder en esta parte del mundo. Omnipresente, desconfiado, tan personalista y hegemónico. Muy K.
“Sí, claro, claro, yo estoy muy alineado con los Kirchner”, se ufana.
Como sea, Alperovich no se ruboriza y piensa continuar en el poder hasta 2015. Quizá después sea el tiempo de su mujer, Beatriz Rojkés. ¿Podrá ser?
—En política todo puede ser, hermano. ¿Por qué no? Se lo merece.
—¿Cómo hizo para construir este poder hegemónico en tan pocos años, partiendo del modesto puesto de legislador radical? ¿Cómo se pasa de una realidad con chicos desnutridos en 2002 a esta opulencia presupuestaria que le permite manejar $ 5.000 millones al año?
—Con trabajo. Yo trabajo 18 horas por día y no robo. Por eso me votan. ¿O qué te pensás? ¿Que es tan fácil convencer a los tucumanos?
—Los de antes trabajaban poco y robaban, entonces.
—Claro.
—Ah. También se lo acusa de despótico, de haber convertido al Canal 10 en un medio de propaganda oficial sin pudores ni límites.
—Eso dicen los opositores. Mirá las mediciones del rating y vas a ver que el canal anda bien, gusta mucho. Si fuese tan oficialista, no lo miraría nadie.
—A ver, usted dice que el tema del canal es legal, que usted no tiene nada que ver. ¿Cuál es su posición personal, entonces?
—Que el canal debe seguir siendo de la Universidad, que es su dueña en un 70% y el Estado, que tiene un 30%.
—Es extraño que diga eso. En 1998, cuando la Universidad decidió incorporar un socio privado, usted fue uno de los ofertantes a la licitación. Perdió, pero usted hoy podría ser el dueño de Canal 10. No me diga ahora que está en contra de la privatización de los medios, José...
—Sí lo digo. Creo que es más sano que lo maneje el Estado, no un privado. Además, ya no podría seguir siendo el dueño: no me dejaría el Comfer.
—Ahora que es usted el que maneja el Estado, cambia de opinión.
—Sí. Cambié de opinión. Pero no tiene nada que ver que yo maneje el Estado.
—Perdón, pero ¿la radio LV12 no es suya?
—No.
—Todo el mundo en Tucumán, incluso su gente, dice que es suya y que la maneja a través de testaferros. ¿Lo niega?
—Lo niego.
—¿Salen muchos opositores al aire por esa radio?
—Y, como en todos lados… (se ríe).
Sin oposición. No hay casi opositores, por ninguna parte; ni críticos del gobierno. Tampoco en esa radio. Hay una extraña unanimidad en la provincia, una regla que sólo se pueden dar el lujo de romper los columnistas del todopoderoso diario La Gaceta; en especial su joven estrella, Federico van Mameren.
Hay una frase de Antonio Bussi que se hizo célebre en sus tiempos de gobernador electo: cansado de los titubeos de sus ministros a la hora de pedir el plato en un almuerzo de trabajo, le gritó al mozo con su voz de trueno: “¡Milanesas con puré para todos!”. Y chito la boca. Alperovich (que tenía una muy buena relación con el viejo ex dictador en sus tiempos de presidente de la Comisión de Hacienda de la Legislatura) también tiene su máxima ad hoc: “Todo lo que pueda comprar es barato”, dicen que dice.
Todo y todos parecen tener su precio en Tucumán. “¿Cuánto le habrán puesto para venir a hacerle una nota al ‘Ruso’ para PERFIL?”, se preguntan por ahí, como para que uno escuche. “¿¡Qué, lo han arreglado a Fontevecchia también!?”, dice otro. “¡Cuánta les puso Llaryora, eh amigo!”, se oye más allá. Con este mismo combustible funciona todo, parece.
—Dicen que usted logró todo su poder a base de chequera, gobernador. Para decirlo más claramente, que los compró a todos.
—Esas son pavadas. Hablá con cualquiera de los intendentes a ver si yo los compré. Los tengo a todos trabajando para mí. Y a los 93 delegados comunales también. Tucumán tiene cuatro universidades, es culta. A la gente no se la maneja tan fácil, ojo.
—¿Por qué “El Periódico”, que es el medio gráfico más crítico, no tiene publicidad oficial? ¿Por qué muchos pequeños programas y diarios de insignificante rating y circulación sí? Lo mismo pasa con el Gobierno nacional, en Buenos Aires…
—Bueno, porque yo elijo. Prefiero poner publicidad en La Gaceta, en El Siglo, en…
—¿Pero el Estado no debería se ecuánime, evitar cualquier discriminación e invertir, en la proporción que juzgue la mejor, pero en todos lados?
—No. ¿Por qué? No tengo obligación de poner en los cuatro diarios.
—Pero da la casualidad de que, justo, el que no tiene nada de publicidad es el más crítico.
—Y bueh, el Estado tiene derecho a decir “acá pongo, acá no”.
—Pero el Estado, gobernador, está obligado a proteger la libertad de expresión y debería empezar por no discriminar a nadie por su línea ideológica.
—Para mí no es así. Aparte, no alcanza la plata para todos. Todo no se puede, hermano...
Cambios. Cuando el grupo radical El Ateneo, donde militaba, organizaba partidos de fútbol, él hacía de referí. Le gustaba, y cuando echaba a alguien le sacaba una tarjeta… de crédito. La que una vez casi le saca la roja en el Senado fue Cristina, en marzo de 2003, tiempos del áspero debate por Luis Barrionuevo y su expulsión de la Cámara. Alperovich, entonces alineado con Duhalde, votó a favor de su permanencia y la señora de Kirchner, cuentan, no fue nada amable con él, en uno de los mismísimos pasillos del Congreso. Ahora, claro, las relaciones mejoraron y Alperovich es un incondicional. Lo siguió siendo, sin titubear un instante, en medio de la crisis del campo. En Tucumán todo se controla.
Su estilo es un espejo perfecto: omnipresencia, concentración absoluta del poder, gabinete sin figuras, inmediata “seducción” de todo foco opositor y una visión maniquea de la prensa: acá los amigos, allá los enemigos.
Espejo, copia o simulacro, José Alperovich se empeña en ser Néstor en este jardín subtropical, tan lejos del sur gélido y seco. Lo hace bien. No le importa que lo llamen dictador, ni nada. Se ríe, no duda. Lo domina casi todo, pese a algunos jueces indisciplinados y esos periodistas molestos que sólo saben hablar. Detalles. Este Néstor también quiere todo; cierra los ojos y avanza, abriendo un surco en esta tierra de pasiones y memorias profundas; amores y odios entrelazados, esa amable brisa tibia y húmeda, el silencio de la siesta, el perfume de los azahares en primavera; todo tan a punto de estallar, siempre.
Betty Rojkés de Alperovich, de canillita a campeona
De ama de casa, y amable presidenta de la Fundación PIBE, a la crème del poder. Todo, en menos de cuatro, cinco años. De no creer.
Pero ahí está ella, esa mujer de apariencia frágil y sonrisa tan idéntica a sí misma; en París, merodeando cerca de Cristina y Sarkozy, o en un acto en Simoca. Los que la quieren juran que es sensata, inteligente y notoriamente más culta que su marido gobernador. Los que no, dicen que es dueña de una voraz ambición, una mujer altanera, fría: “Si te marca la Betty, fuiste”, advierten.
“No crean que hasta aquí llegamos, porque ahora… ¡Vamos por todo!”, gritó eufórica después de ganarle la interna por la presidencia del PJ tucumano a Fernando Juri Riera, el descafeinado ex vice de Alperovich, dueño de los dos apellidos de mayor prestigio histórico dentro del partido: hijo y sobrino de ex gobernadores. Tenía planes, después de derrotarlo claramente y ya con el cargo de diputada nacional en el bolsillo.
La semana pasada aterrizó, nada menos, en el podio del peronismo K: es la nueva vicepresidenta tercera del PJ nacional. ¿Habrá más para ella? Los que la conocen aseguran que sí: no parará hasta ser gobernadora y sentar en la intendencia de San Miguel a su hermano Carlos, el conductor del programa de la mañana, en Telefe. Silvia ya es la ministra de Educación.
Carlos, “el cuñado oficial”, hace rato que no se despega de José. Su familia entera, dicen que dicen, tiene cargos en el gobierno.
Tiene sus seguidores: son los que creen que la buena relación provincial con Cristina depende, en realidad, de ella. En el hermético mundo alperovichista hay lugar para “jocesistas y “beatricistas”, una interna previsible. Por suerte, tanto trajín no le roba tiempo para atender a sus tres hijos y tenerlo cortito a José, que para eso ella tiene su carácter.
Se llama Beatriz Rojkés de Alperovich. Es, digamos, otra de las razones para ver a Tucumán como una película exótica, de guión siempre imprevisible y finales abiertos.
Su enemigo público Nº1
Alberto Llaryora es dueño de El Periódico, la radio Antena 8 y Canal 10, que está intervenido.
—El gobernador lo acusa de ser un apretador.
—No sé qué entiende Alperovich por apretador, porque su conocimiento de la lengua y su manera de expresarse son penosos. Si quiso dar a entender que la crítica al gobierno es “apretar”, no me sorprende.
—¿Cómo son sus relaciones?
—Pésimas. Nuestros periodistas no son recibidos en Casa de Gobierno y su labor es impedida. El apretador es él. Lo hace con periodistas, jueces, empresarios, sindicalistas y con cuanto ser humano se oponga a su interés. Compra voluntades con el dinero del Estado. Es el mayor corruptor de la historia de Tucumán. Hemos tenido problemas con Ortega, Bussi y Miranda, y siempre por opinar libremente. Pero él es el peor, lejos.
—El jura que nada tiene que ver con el conflicto del Canal 10, el que era su canal, intervenido judicialmente.
—Es ridículo que diga eso. Nada se mueve en la provincia sin su directa intervención. Acalló a un medio libre y lo convirtió en el Boletín Oficial. Tucumán está cautivo de un incontrolado, de un corruptor.
—¿No fueron amigos alguna vez?
—No fui amigo. Sí tuve una relación amistosa y lo apoyé en toda su carrera política moral y anímicamente (lo hospedé en mi casa de Madrid) y con dinero. Jamás le pedí nada.
—¿Qué pasó entre ustedes?
—Sencillo: no soportó la línea independiente de la emisora. No soportó que se invitara también a la oposición a expresarse con motivo de las elecciones a diputados nacionales, donde presentó a su ignota esposa. Entonces, en rápida combinación con el Comfer y la jueza, nos quitaron del medio, a nosotros y a la Universidad. Es su estilo brutal.
Siempre pasa antes en Tucumán
“¡Trataremos de tomarlo con tranquilidad… cuando tenga la bomba Tu-cu-mán!”, cantaba Nacha Guevara en los cafés concert a fines de los años 60. Las ollas populares y la crisis de los ingenios tucumanos anticipaban el Cordobazo del 29 de mayo de 1969 y, tras él, la caída de Onganía.
Después fue el monte y la guerrilla guevarista del ERP. Acdel Vilas fue su exterminador. Se enorgullecía de eso y odiaba a Bussi, que le había robado el mérito militar del triunfo. “Eran no más de 300 y los liquidé en combate franco, Bussi llegó sólo para quedarse con la plata del Fondo Patriótico”, acusaba. Disfrutaba exhibiendo sus trofeos de guerra (armas de fabricación casera, banderas, documentos) y elogiando la valentía de sus enemigos. También de él fue el triste mérito de imponer la metodología de los comandos encapuchados que hacían desaparecer gente durante todo el llamado Operativo Independencia, en 1975, un patético ensayo del Proceso.
En 1991, Ramón Ortega –artista exclusivo de Carlos Menem– inauguró la estrambótica era de la fujimorización de la política. Cuatro años más tarde, Domingo Bussi, su sucesor, les abría la puerta a sus casi colegas Aldo Rico y Luis Patti, intendentes electos en Buenos Aires. Las sonrisas piadosas que despertaba en Buenos Aires la candidatura a legisladora de la bailantera Gladys, La Bomba Tucumana, en 1999, fue el espejo donde después se reflejó otra lista, pero porteña: Zulma Faiad y Moria Casán. Finalmente, mezcla de primer radical K y pre Borocotó, nuestro personaje estelar, José Alperovich.
Es Tucumán, señores, el implacable anticipo. La Argentina, sin make up.